Vía Le Monde Diplomatique

Las universidades se enfrentan a innumerables desafíos a partir de las nuevas exigencias que le impone la sociedad; uno de estos retos dice relación con la responsabilidad de crear y gestionar el conocimiento, puesto que una de las funciones fundamentales de la universidad es propiciar la creación de nuevos conocimientos a través de la investigación científica, tecnológica, humanística y social.

Gracias a la investigación, la sociedad ha logrado avanzar, lo cual explica por qué la riqueza o pobreza de los países depende en gran medida de los procesos investigativos que propician las universidades. Así, la educación superior es clave para la prosperidad económica, pues favorece la mejora de los procesos productivos, es central en el desarrollo de cualquier país, aporte a la movilidad social, el eslabón central en el desarrollo del talento y la cultura, y fundamental para el desarrollo sostenible y la mejora en el bienestar de las personas.

En este escenario, los tomadores y tomadoras de decisiones de las universidades deben reconocer que las modificaciones han cambiado la perspectiva de las políticas públicas en educación, ya que las reformas que se generan en distintos sectores de la educación superior buscan ampliar la capacidad de regulación del Estado mediante mecanismos de evaluación externa de la calidad.

Por consiguiente, es importante resaltar que el conocimiento, la información y las tecnologías generados a través de la investigación juegan un gran papel en el desarrollo integral del país. Y esto es así porque la sociedad requiere de capital humano para resolver sus problemas más inmediatos en un mundo en acelerado desarrollo, debido a que la educación se centra básicamente en desarrollar progresivamente el conocimiento y las habilidades de las y los alumnos, y en ofrecer una formación profesional que responda y se adecúe a las necesidades del entorno laboral y social.

Sin embargo, América Latina no logra superar la barrera del subdesarrollo, y al mismo tiempo se mantiene con un enorme atraso científico y tecnológico, esto si se le compara con lo observado entre los países que integran la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE). En efecto, se esgrime que uno de los factores primordiales para comprender la baja productividad científica que exhibe la región, se relaciona con la escasa inversión en investigación y desarrollo (I & D).

Considerando este contexto, podría afirmarse entonces que se incrementa la importancia atribuida a las universidades como motor principal de la competitividad económica en una economía global conducida por el conocimiento. Se destaca su contribución a la formación de capital humano y al desarrollo de bases de conocimiento científico-técnico cada vez más sofisticadas, debido a que, es a través del conocimiento y la investigación científica que los países son capaces de concebir oportunidades económicas y de atraer al capital y a la industria para generar más riqueza; al mismo tiempo que logran progresar y modificar su realidad circundante, mejorando las condiciones de vida y avanzando hacia estándares desarrollados.

Dado esto, se postula que la educación terciaria sobresale como una fuerza impulsora del desarrollo, reforzando la competitividad de los países en la economía global y generando beneficios personales y sociales. Es así porque en economías basadas en conocimiento, el potencial para innovar y mejorar la competitividad se halla estrechamente relacionado con la capacidad de los sistemas nacionales de educación superior para aumentar la cantidad y calidad de las destrezas disponibles para la economía.

Por lo tanto, considerando que la generación de conocimiento es un bien común, la investigación de las universidades debe responder a las necesidades que tiene la sociedad; y es innegable que las universidades pueden aportar en la mejora de los niveles de competitividad de los países, puesto que la investigación permite identificar problemáticas sociales y vincular al sistema educativo con los sistemas científico-tecnológicos.

Como resultado, las universidades latinoamericanas pueden identificar modelos y fórmulas que mejoren su gestión, para que puedan apoyar los avances en la calidad de los procesos investigativos. Por eso, las universidades que destacan en el sistema adaptan el funcionamiento de su gobierno y sus formas de gestión al entorno, y replantean sus formas de relacionarse, para convertirse en estructuras más flexibles y dinámicas, capaces de asumir los permanentes cambios y desafíos de la educación superior.

Luis Araya Castillo, Decano, Facultad de Ingeniería y Empresa UCSH

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